20/09/08

Si no, te parto la madre!!!... El cuento.

Hola, mi nombre es Pedro y me acuñaron el alias de “Nadie” por dos motivos. Uno, porque a los siete años de edad me arrojaron a la calle, cuando murió mi madre, y el proxeneta que fungía como mi padre necesitaba el cuarto en que vivíamos para seguir con sus negocios. Y segundo, porque justamente ese año la canción “Pedro Nadie” de un tal Piero estaba de moda. Sí, a esa tierna edad era un hijo de nadie… Pedro Nadie.
“Crecí en la calle” es un decir, una expresión que no significa nada para quienes no saben lo que realmente es ser un niño absolutamente desamparado, que por años deambuló y durmió en la intemperie hasta que… ¿alguien apareció y me recogió? No, hasta que me hice adulto.
Mis únicos “amigos” fueron otros niños de mi misma condición, con quienes formamos nuestra pandilla para poder sobrevivir, es decir robar a diario el pan de cada día. Como podrán imaginarse, no podíamos hacerlo contra gente más fuerte que nosotros, así que me eduqué y me desarrollé dentro del código de conducta callejera, y lo primero que asimilé fue que sólo debíamos atacar a los más débiles. Atacar y robarles a las viejitas y viejitos, mujeres embarazadas o con niños en los brazos, ciegos o lisiados mendigos, u otros niños ricos; fue la manera como aprendí a cuidar de mí.
No está demás decirles que esto no fue una divertida aventura, ni mucho menos, sino una terrible tragedia que me marcó para siempre, porque apenas llegué al grupo, en la noche, los mayores me violaron, y lo repitieron cuantas veces quisieron hasta que aprendí el uso de la navaja, corté a uno y me hice respetar.
La piel se me curtió no sólo del frío y el calor de mi vida callejera, sino de las palizas que soporté en mis peleas con mis propios amigos, otras en contra de bandas enemigas, o cuando caía atrapado por mis victimas o la policía. Desde esa temprana edad aprendí que si alguien se acercaba a mí y levantaba la mano era para atacarme o manosearme; como el cura del catequismo quiso hacerlo a cambio de un plato de comida y un techo en donde dormir, sin imaginarse que mi instinto ya estaba formado y a la primera manoseada le “tajé” la cara con mi inseparable y fiel amiga, mi navaja.
Mas tarde, cuando mis necesidades crecieron, es decir drogarme, empezamos a robar a mayores porque necesitábamos más dinero. Fue cuando comencé a destacarme en el grupo por mi crueldad. Atacaba sin miramientos a quien sea, sin importarme las desventajas por su tamaño o corpulencia. Con la única ventaja que me daba acuchillarlos primero, y luego, cuando gritaban al ver su propia sangre, el grupo lo asaltaba.
Así fue como me convertí en el líder de la banda, claro que primero tuve que “bajarme” al jefe en una pelea limpia, rodeado por todos y a la luz de la luna. Pelea en donde después de recibir varios cortes en los brazos, el hijo de puta cayó en mi trampa de hacerme el más débil, y se confió en el código callejero, cuando fingí caer al suelo. El creyó que era el momento para terminar conmigo, y al levantar su brazo para asestarme la puñalada final, le acerté un certero tajo en los cojones… ¿Murió? No sé, ni nos importaba, porque con el grupo nos fuimos a la playa a celebrar con una bolsa llena de pegamento que inhalábamos para sentirnos felices y vencer el frío, y ni más supimos de él. Ah, no está demás tampoco puntualizar que fue él quien había liderado a quienes me violaron cuando llegué al grupo.
A los 12 años de edad ya tenía mi propia banda, la que nadie me regaló sino gané por mi destreza con la cuchilla y mi crueldad.
Pero a esa edad y de pronto algo empezó a cambiar en mí, algo que yo no podía explicar, y no tenía a nadie a quien preguntar. Mi voz cambiaba, mi pubis se cubrió de vellos y empecé a soñar. Fue justo cuando llegó una niña y su pequeño hermano al grupo, y en la noche quisieron violarla. El ultraje era lo natural para todos nosotros, para nuestro código, sea niño o niña, no había diferencia, todos habíamos pasado por eso como un bautizo… Pero no para mí.
“Nadie la toca carajo!!!… -rugí, y saqué a relucir mi navaja-… y al primero que se le acerque lo descojono!!!”
“Ta bien Pedro Nadie… Ta bien cumpa… si la quieres pa ti solito ta bien” dijo el que fungía de segundo en la banda a pesar de ser mayor que yo.
“No carajo… Desde esta noche no mas bautizos en mi banda”
Esa noche me fui a dormir apartado del grupo, y oculto entre las sombras lloré. Y en la frialdad de mi lecho de cartones y trapos me acordé de mi madre y de la última profesora que tuve en la escuela. Recordé que vivíamos en una pocilga de mierda de un cuarto de hotel, pero era mi casa, mi hogar, en donde mi madre me quería, me daba de comer, y al acostarme me decía al abrigarme “Pedrito, hijito mío, sueña con los angelitos”… entonces lloré, lloré como nunca lo había hecho todos estos años, y entre lagrimas recordé a mis amigos de la escuela y mis juegos… Y los extrañé a todos.
Felizmente había aprendido a leer en la escuela, y desde que viví en la calle y dormía en los basurales leía cuanto periódico o cuento para niños caían en mis manos. Por eso, al día siguiente de prohibir las violaciones empecé a enseñarles a leer a mis amigos, claro está que después de los asaltos. ¿Que creían o esperaban de un niño delincuente como yo? ¿Acaso espero comida y techo gratis? No, aprendí que todo cuesta en la vida y que tengo que ganármelo de la única manera que la sociedad de instruyó. Y al que se acerque con la mano levantada, para golpearme o acariciarme, recibirá un tajo en la cara… o más.
“Si vas a hablarme… hazlo de lejos, cabrón!!!… si no, te parto la madre!!!”
Continuará …?

15/09/08

Mis Raices y La Nueva Estrella


Me pregunto… ¿Qué sentirá un ciudadano americano al volver a su pueblo natal, en California, después de vivir 25 años fuera de su país, y cruzar los puentes “The Golden Gate” y los otros seis más de la bahía de San Francisco?
¿Sentirá lo mismo que yo experimenté al regresar al Perú después de ese mismo tiempo, y cruzar los destartalados puentes sobre el río Cañete en la ruta a Yauyos, en la sierra sur de Lima? Como sea, puedo afirmarles que para mí fue toda una aventura.
Bueno, sin bromas y al margen de las particularidades, creo que el sentimiento que provoca la experiencia del regreso a casa es el mismo en la mayoría de la gente.
El retorno al lugar en el que nacieron mis padres, y sólo transitado yo, en un pasado casí lejano me traían múltiples recuerdos de aquellos tiempos.
En mi caso yo volvía a transitar por una ruta que había recorrido escasamente unas 5 ó 7 veces en mi vida, en los años de mi niñez y adolescencia.
Como dije, Yauyos era la tierra de mis padres, la que ellos abandonaron en su adolescencia en busca de una vida mejor en la capital: Lima. Si, la gran Lima, la misma que yo abandoné a principios de los 80’s junto con mi esposa y tres hijos para irnos rumbo a California en busca, como mis padres lo hicieron antes, de una vida mejor.
Viajando por la Carretera Panamericana, a sólo 180 Km. al sur de Lima, encontramos la ciudad de San Vicente de Cañete. Punto de quiebre importante porque desde allí nos dirigimos al Este, hacia la cadena andina de cerros, con dirección a la sierra, siguiendo el curso del serpenteante río Cañete que a su vez originaba un muy productivo, aunque estrecho, valle. Y con la misma celeridad con que viajábamos en la camioneta 4X4, virtualmente trepando la montaña, aparecían escenarios que provocaban recuerdos en mi memoria.
A lo largo del camino vi mucha gente e imaginé a mis padres en cientos de niños que nos saludaron, agitando las manos. Y me pregunté: ¿Qué hubiera sido de mí si ellos no hubieran salido de allí?
Y la respuesta se presentó en los cientos de rostros de adultos que vi en el trayecto, en cada lugar que paramos, para estirar las piernas, comer o gozar del escenario que nos ofrecía el río y la vegetación adyacente...
Entonces me pregunté: ¿Qué hubiera sido de mi familia si no hubiera tenido la iniciativa de dejar el Perú cuando empezaba la peor de sus crisis económicas y el flagelo de terrorismo?
Y así vi a mi esposa en una de esas humildes mujeres curtidas por el calor, el frío y el polvo... y a mis hijos y nietos entre ellos...
¿Seríamos más felices así? Se me ocurrió...
Definitivamente tenemos mas cosas de las que ellos necesitan para vivir, pero... ¿Felicidad?
Francamente, no lo sé... Porque la felicidad no se puede medir en logros materiales... Personalmente los vi felices en su medio... y sentí celos; y en ellos, a través de sus ojos, la envidia sana por la mía. Sentimientos que me hicieron disfrutar de mi viaje, ausente de toda vanidad o lastima.
Claro que hubieron otros pensamientos como los del atraso y el progreso de esos pueblos, y la falta de promoción de parte del estado para la solución de un sin número de problemas que aquejaban a la zona. O la parsimoniosa iniciativa empresarial de la gente para arreglárselas ellos mismos. Pensamientos espontáneos sin embargo que jamás surgieron en mi mente cuando viajé a otros pueblos o ciudades de California.
En mi viaje tuve la acertada decisión de quedarme durante algunos días en los hermosos pueblos de la ruta como Lunahuana, lugar hasta donde llega la carretera asfaltada y las tarjetas de crédito son bienvenidas, y otros como Laraos, Vitis, Vilca, Huancaya.... Pueblos en donde tuvimos buen alojamiento, con agua caliente, ofertas del deporte de aventura, Canotaje, y excelente comida; como la variedad de platos a base de truchas de “arco iris” y camarones, acompañada de exquisitos vinos y piscos de la zona.
Pero también visitamos otros pueblos de la provincia de Huarochirí, como San Lorenzo de Quinti, invitados por la familia Nolasco Cajahuaringa para la celebración del aniversario de la Boda de Oro de sus padres. Más tarde visitaríamos la cercana ciudad serrana de Canta y sus alrededores.
Lugares por los que fuimos acompañados por la pegajosa melodía de una innovadora mezcla de la Cumbia con huaynos lugareños interpretados por la orquesta: “La Nueva Estrella”.
También he descubierto, después de estos veinticinco años, en los ojos de mis amigos nativos americanos, la admiración y el respeto por la cultura que de alguna manera represento, tal como cualquier americano inmigrante de algún lugar del mundo en este hermoso país. Y puedo decir que América será otro pueblo, otra idiosincrasia, pero en el fondo veo el mismo sentimiento común de la gente buena, simple y honesta. Dispuesta a dar sin esperar recibir nada más a cambio, que la retribución de la alegría de estar junto a ellos… Sentimiento que creo que existe en la mayoría de la gente de los pueblos del mundo, sin límites de fronteras, idiomas, raza o religiones.
Me pregunté al empezar: ¿Qué sentirá un ciudadano americano al volver a su pueblo natal, en California, después de vivir 25 años fuera de su país, y cruzar los puentes “The Golden Gate” y los otros seis mas de la bahía de San Francisco?.
Bueno, a decir verdad, no lo sé, sólo arriesgo adivinar cuando afirmo que sentirá simplemente alegría de volver al pueblo que lo vio nacer… y nunca olvidó.